viernes, 23/10/2026   
   Beirut 17:08

El camino hacia la «victoria» está bloqueado: Nadie está dispuesto a luchar por Arabia Saudí

Combatientes de Ansarulá

Todo el revuelo mediático en torno al despliegue de fuerzas árabes y no árabes en Yemen —algunas con un importante peso simbólico e histórico, como las fuerzas egipcias— no cambia la realidad.

Ninguno de los países que enviaron tropas parece dispuesto a combatir dentro de Yemen, al menos oficialmente y a gran escala, para alterar la dinámica de poder existente en el país.

Por el contrario, Saná solo busca atacar a Arabia Saudí en respuesta a los bombardeos saudíes y al bloqueo de las regiones bajo su control, y presionar a Riad para que ponga fin a la guerra y al bloqueo simultáneamente, y deje en paz al pueblo yemení. En esta situación, el fin de la guerra depende de la capacidad del Reino para resistir y salir del punto muerto en el que EEUU lo ha sumido —en el contexto más amplio del conflicto con Irán—.

Hasta el momento, Arabia Saudí no ha logrado integrar a sus aliados —ya sea a través de coaliciones oficiales como el Pacto de La Meca, que incluye a Turquía y Pakistán, o fuera de ellas, como Egipto— en la formación de una alianza genuina que participe junto a ella en la guerra con contingentes masivos dentro del propio Yemen, alterando así el equilibrio de poder, que claramente favorece al movimiento Ansarulá.

En realidad, el Reino solo puede ofrecer una contribución simbólica e ineficaz a través de medios financieros. El despliegue de ejércitos requiere recursos colosales que Riad quizás no pueda proporcionar, sin mencionar que los propios países aliados solo pueden justificar un compromiso a gran escala a cambio de beneficios proporcionales a su magnitud y a las repercusiones que conlleva.

Ni siquiera Arabia Saudí ha enviado su propio ejército a combatir dentro de Yemen, lo que se debe principalmente a la reconocida incapacidad del ejército saudí para combatir, por razones relacionadas con la estructura del Estado —al igual que otros Estados del Golfo— que se construyó fundamentalmente sobre la necesidad constante de que terceros lo defiendan a cambio de la explotación de sus recursos, en particular el petróleo. Incluso suponiendo que los países participantes en la guerra ignoraran todas sus reservas internas y desplegaran sus ejércitos para combatir a las fuerzas de Saná en Yemen, no necesariamente podrían cambiar el rumbo del conflicto. Turquía, por ejemplo, no puede hacer en territorio yemení lo que hace en Siria e Iraq, donde ha desplegado su ejército para reprimir una rebelión kurda que ataca al propio Estado.

Del mismo modo, Pakistán no puede combatir allí de la misma manera que en su frontera con la India en Cachemira, donde un conflicto fronterizo persiste desde hace décadas y afecta la integridad territorial del Estado.

A pesar de esto, Arabia Saudí continúa intentando involucrar a estos países, como lo demuestra su intención de abrir un frente fronterizo con las fuerzas de Saná —específicamente en las provincias de Saada, Hayyah y Al-Yauf— con el objetivo de atraerlas a un combate directo con las fuerzas aliadas estacionadas en Yizan y Nayran, en la frontera del Reino con Yemen. Ante esta situación, la guerra parece encaminarse a continuar a su ritmo actual, y las fuerzas de Saná pueden seguir avanzando en el antiguo Yemen del Norte sin mayores obstáculos.

En este contexto se desarrolla la batalla por la ciudad de Taiz, que actualmente se libra y está a punto de decidirse, ya sea por la fuerza de las armas o por otros medios, debido al cerco impuesto a la ciudad y a su entrada en algunos de sus distritos interiores. Esto ha llevado al partido Al-Islah (afiliado a los Hermanos Musulmanes) a solicitar la mediación de Omán con miras a un compromiso sobre la administración de Taiz, y a enviar una delegación a Mascate para reunirse con la delegación negociadora del movimiento Ansarulá.

Por otro lado, Saná necesita el reconocimiento saudí de su derrota para poner fin a la guerra; no busca penetrar en las provincias del sur y del este controladas por Riad, ya que estas albergan fuerzas separatistas que aspiran a la «independencia» del sur de Yemen, una cuestión que no parece oportuna abordar en la actualidad, ni militar ni políticamente.

Además, la cuestión del sur solo puede resolverse en el marco de una solución integral a la crisis yemení, que nuevamente requiere la participación saudí. Ansarulá es perfectamente consciente de esta realidad. Por ello, limita sus demandas al mínimo indispensable: el cese de la guerra y el levantamiento del bloqueo, para facilitar la tarea de Riad, ya que las concesiones solicitadas no son excesivas y constituyen un derecho legítimo del pueblo yemení. Sin embargo, el movimiento no puede abandonar lo que considera la única opción para lograr este objetivo: la presión militar y económica dentro de Arabia Saudí, en el estrecho de Bab el-Mandeb y en las provincias yemeníes controladas por el Reino.

En cuanto a Arabia Saudí, se encuentra atrapada en un punto muerto del que le resulta difícil salir sin lo que percibe como otra derrota humillante en Yemen, especialmente después de haber movilizado a todas estas coaliciones y tropas para ayudarla a lograr objetivos que están demostrando ser inalcanzables.