domingo, 10/05/2026   
   Beirut 22:07

Otro fracaso estadounidense en el estrecho de Ormuz

Durante décadas, el estrecho de Ormuz ha funcionado como el eje fundamental de la seguridad energética mundial: un estrecho corredor marítimo del que dependía fundamentalmente la economía de las principales naciones industrializadas.

Durante décadas, Irán actuó de buena fe, permitiendo el libre paso de todas las embarcaciones —comerciales, militares y de cualquier otro tipo— por sus aguas territoriales. Esta buena voluntad se mantuvo incluso después de la guerra de 12 días lanzada contra el país en junio de 2025. Sin embargo, tras la agresión del 28 de febrero de 2026, las fuerzas armadas de la República Islámica de Irán emitieron un veredicto definitivo e irreversible: la era del libre tránsito ha terminado, especialmente para las potencias hostiles.

En una única y coordinada andanada de misiles y drones en enjambre, Irán no solo respondió a otra agresión estadounidense no provocada contra dos petroleros iraníes el pasado jueves, sino que demostró algo mucho más profundo.

Demostró su soberanía absoluta sobre esta vía marítima estratégica. Demostró que el estrecho de Ormuz ya no es una vía marítima internacional regida por los caprichos de países lejanos, sino un corredor controlado totalmente por Irán. El mensaje, transmitido con contundencia, fue simple: ninguna embarcación —militar o civil, aliada o adversaria— puede entrar en el estrecho sin el permiso de Irán.

Y la Armada de EEUU, por primera vez, se ha visto obligada a aprender una lección humillante: ya no goza de la más mínima ilusión de seguridad en el Golfo Pérsico.

La agresión contra los petroleros ya no fue respondida por medio de notas diplomáticas o condenas televisadas, que resultan ya inútiles. Fue respondida con fuego de precisión por la Armada de la República Islámica de Irán y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), que identificaron a tres destructores estadounidenses que transitaban al este del estrecho y los sometieron a una acción militar de represalia coordinada.

Misiles lanzados desde tierra y mar y drones descendieron con precisión quirúrgica. Enjambres de lanchas rápidas de ataque cerraron el paso a las embarcaciones enemigas. Esos destructores sufrieron impactos y daños significativos, como confirmó el máximo mando militar, el Cuartel General Central Jatam al-Anbiya.

Ante la devastadora y precisa potencia de fuego iraní, la Armada de la Guardia Revolucionaria Islámica declaró que tres buques enemigos agresores «huyeron inmediatamente de la zona del Estrecho de Ormuz».

Cabe señalar que si tres destructores, equipados con los sistemas de defensa aérea y guerra electrónica más avanzados disponibles, pueden ser atacados, dañados y expulsados de la zona simultáneamente mediante una combinación de misiles y drones entonces todo el plan de la presencia naval estadounidense se desmorona.

Esta es la nueva realidad estratégica. Y se basa en una doctrina única y de obligado cumplimiento: ningún buque puede entrar en el estrecho de Ormuz sin acatar las nuevas normas iraníes.

Ni bajo libertad de navegación, ni bajo un alto el fuego, ni siquiera escoltado por la armada más grande del mundo. A partir de ahora, el estrecho de Ormuz funcionará según las condiciones iraníes, o simplemente no funcionará.

Cabe destacar también el contexto del incidente armado. EEUU había declarado un alto el fuego. Había insistido -pública y repetidamente- en que quería evitar un retorno a una guerra a gran escala. Pese a ello, al igual que ha sucedido en ocasiones anteriores, llevó a cabo una nueva operación militar. Sin embargo esto no sorprendió a los iraníes que comprenden que EEUU no usa las negociaciones para poner fin a las guerras, sino para iniciarlas. Las negociaciones ya no sirven como cobertura para esconder las agresiones militares, al menos en el caso de Irán, que se mantiene en todo momento vigilante.

En todo caso, el incidente en el estrecho de Ormuz significa otro fracaso más, y van muchos, en la guerra de agresión que EEUU y el régimen israelí iniciaron en febrero. EEUU ha visto como todos sus objetivos fracasaban. Ha tenido que aceptar las condiciones de Irán para un alto el fuego y dar marcha atrás con respecto a su “Proyecto Libertad” para reabrir el estrecho menos de 48 horas tras ser anunciado por el propio presidente Donald Trump. Y ha comenzado a sufrir en casa el costo de la crisis energética que su guerra ha provocado.

En el campo de batalla, la maquinaria bélica estadounidense se ha mantenido prácticamente inactiva, no por contención, sino por necesidad. La agresión militar a gran escala, lanzada en coordinación con el régimen sionista y sus aliados regionales el 28 de febrero, ha resultado ser un desastre estratégico.

Irán, desde una posición de fuerza, ha dejado claro que no habrá concesiones en sus demandas clave en futuras negociaciones. Y EEUU, exhausto, sobrecargado y aislado diplomáticamente, negocia desde una posición de profunda debilidad. Sus arcas están vacías. Sus alianzas se están resquebrajando. La opinión pública interna se ha vuelto en contra de otra guerra ilegal en Asia Occidental. Su ejército ha sido humillado por un país cuyo poderío había subestimado durante décadas.

La República Islámica de Irán, por el contrario, ha emergido de la última guerra impuesta con un nuevo liderazgo, su doctrina militar reivindicada, su sociedad unificada y su profundidad estratégica ampliada. La guerra psicológica estadounidense, que busca hablar de falsos logros, ha fracasado por la misma razón que lo hizo su guerra militar: porque lucha contra la realidad.